El estigma, la hostilidad y la discriminación que caen sobre quienes ejercen el trabajo sexual (y, de rebote, sobre cualquiera a quien se tache de 'puta').
La putofobia —o puterofobia— es la máquina de estigma apuntando a las trabajadoras del sexo. Es dar por hecho que ejercer el trabajo sexual te quita credibilidad, seguridad y el derecho a que te traten como a una persona. Y ojo al detalle que la socióloga Gail Pheterson clavó hace décadas: no hace falta ejercer para comértela. El "estigma puta" funciona como una correa que llevan puesta todas las mujeres: liga demasiado a la vista, acuéstate con demasiada gente, vístete demasiado llamativa, y alguien saca la misma palabra. Donde más fuerte pega es en el trabajo sexual, pero la amenaza apunta mucho más lejos.
En la práctica casi nunca es dramático. Es la médica que deja de escucharte en cuanto sale el tema del curro. El banco que te cierra la cuenta, la plataforma que te borra el perfil, el casero al que de repente no le queda piso. Son las campañas de "rescate" que dejan a quienes dicen salvar más a la intemperie que antes. Y se mete para dentro: la "putofobia interiorizada" es la vergüenza que se les cuela bajo la piel a las propias trabajadoras, esa voz que susurra que a lo mejor el desprecio se lo merecen. No se lo merecen.
¿Y qué pinta esto en un glosario de vida nocturna? Porque el estigma puta es la herramienta más vieja para vigilar el deseo, y cualquiera a quien hayan llamado "demasiado" le ha notado el filo. No puedes ser sex-positive y a la vez remilgarte con la gente a la que la sociedad más castiga por follar. Nombrar la putofobia es el punto donde el sexo "bueno" y el "malo" deja de colar como hecho moral y empieza a parecer lo que es: una jerarquía que alguien construyó, y que alguien puede desmontar.