La postura de que el sexo consensuado es una parte sana y normal de la vida, sin juicio moral sobre prácticas o identidades.
La versión ordenada de la historia le da el crédito a Wilhelm Reich, el psicoanalista formado con Freud que, en la Alemania y la Austria de los años 20 y 30, dividió las culturas en sexuell positiv (que afirma el sexo) y sexuell negativ. Limpio, sí, pero la palabra que usamos hoy se forjó más tarde. Se endureció durante las "sex wars" feministas de principios de los 80, cuando Ellen Willis acuñó "pro-sex feminism" en su ensayo de 1981 "Lust Horizons". La etiqueta concreta "sex-positive" no cogió su sentido actual hasta el San Francisco de los 90. Así que, si quieres un origen honesto: repartido, no un genio con una sola palabra.
Y aquí va el malentendido que conviene matar: sex-positive no significa "siempre dispuesto a todo", ni es una personalidad — el colega que se apunta a lo que sea. Más sexo no es el marcador. Es una postura sobre las decisiones, sobre todo las de los demás: tu sí cuenta, tu no cuenta igual, y los suyos también. El consentimiento es todo el motor. Quítalo y la etiqueta es decoración.
Por eso la abstinencia y la asexualidad también son sex-positive. La cuestión nunca fue el volumen, sino la agencia. No juzgar el kink de nadie, su número, su orientación, ni su decisión de quedarse al margen. El modo de fallar se detecta fácil una vez lo conoces: usar "sex-positivity" como palanca — no seas mojigato, lo hace todo el mundo — que es la vieja coacción con una chaqueta más mona. Si presiona, no es positivo.