Humillar o juzgar a alguien (casi siempre mujeres) por su deseo o conducta sexual, con doble rasero.
La palabra es más nueva que la cosa. Vigilar la sexualidad de las mujeres es antiquísimo; ponerle nombre a esa vigilancia como un acto concreto y criticable es cosa de la blogosfera feminista de los 2000. Y ese nombrar es justo el quid: en cuanto existe la palabra "slut-shaming", llamar puta a una mujer deja de ser sentido común neutro y pasa a ser una conducta con nombre, algo de lo que te pueden pillar haciendo.
El malentendido típico es creer que el slut-shaming va de promiscuidad real. No va de eso. La etiqueta casi nunca refleja la vida sexual de nadie: refleja percepción y castigo. Una falda corta, un desnudo que se filtró, preguntarle a una superviviente de violación qué llevaba puesto, mandar a casa a una adolescente por saltarse el código de vestimenta: nada de esto exige que la persona señalada haya hecho nada. La pista es el doble rasero. La misma conducta que en un hombre se lee como seguridad, en una mujer se lee como prueba de que está defectuosa. Esa asimetría —no el sexo— es el mecanismo.
Tampoco es solo hombres haciéndoselo a mujeres. Mucho slut-shaming es horizontal: mujeres vigilando a otras mujeres, porque el rasero se ha interiorizado como respetabilidad. Y no hace falta la palabra "puta". Aparece como preocupación ("no se respeta a sí misma"), como cotilleo, como una norma escolar sobre hombros y tirantes, como una pregunta en un juzgado sobre el historial de una superviviente. Ponerle nombre no lo frena, pero traslada la carga de la explicación a quien avergüenza, que es donde tiene que estar.