La euforia intensa del inicio de una relación, que puede eclipsar temporalmente a las que ya tienes.
El NRE es esa fase boba de una conexión recién estrenada en la que no puedes parar de escribirle y todo lo que dice te parece fascinante. Corazón acelerado, cero apetito, mirando el móvil cada noventa segundos. La gente monógama lo llama la fase de luna de miel; los psicólogos, limerencia. La gente no monógama le puso nombre propio porque necesitaba hablar de ello como algo que pasa mientras otras relaciones, más antiguas, siguen ahí — y pueden llevarse algún golpe por el camino.
Ese es el malentendido que conviene señalar: el NRE se siente como una prueba. La intensidad se lee como "esta es distinta, esta es de verdad". No es un veredicto sobre la compatibilidad — es un sistema de clima neuroquímico que en casi todas las conexiones se disipa en cuestión de meses o, como mucho, un par de años, seas quien seas y por muy bueno que sea el match. Leer el subidón como destino es justo lo que lleva a incendiar una relación sólida de años por una chispa que se habría enfriado sola.
Dónde asoma de verdad: cancelas planes con amigos de siempre, desconectas mentalmente de tu pareja actual, dices que sí a cosas que normalmente te pensarías dos veces. En el poliamor la comunidad se montó toda una etiqueta a su alrededor precisamente porque el NRE de uno es el abandono del otro — de ahí el concepto opuesto, ERE (established relationship energy), eso más tranquilo y más hondo que el NRE te hace olvidar que ya tienes. La jugada no es reprimir el subidón. Es disfrutarlo sin olvidar que es un narrador del que todavía no te puedes fiar del todo.