Alguien que juega tanto de top/Dom como de bottom/sub, y se mueve entre ambos según la pareja, la escena o el momento.
Un switch no es alguien que no supo decidirse. El switching es una cosa en sí misma: la capacidad —y las ganas— de ocupar cualquiera de los dos lados de una escena. El BDSM se mueve en realidad sobre dos ejes distintos: el poder (dominante/sumiso, quién lleva la batuta) y la acción (top/bottom, quién hace y quién recibe). Un switch puede deslizarse por uno, por el otro o por los dos, y por eso "top" no es sinónimo de "Dom" ni "bottom" lo es de "sub". Para algo existen los service tops y las power bottoms.
La flexibilidad tiene grados. Los estudios sobre población kink sitúan a los switches entre un sexto y un tercio de la escena, que es un montón para un rol que todavía se trata como raro. Pero ser switch no significa un 50/50 a demanda: hay quien tira claramente hacia un lado y visita el otro de vez en cuando, hay quien no puede cambiar con la misma pareja, y hay quien necesita tiempo entre roles en vez de un corte en seco. Y luego está el truco que los manuales casi ni mencionan: dos switches intercambiando roles a mitad de escena, pasándose el mando en tiempo real.
Una distinción que vale la pena mantener: el switching suele ir de poder (Dom una noche, sub otra), mientras que "versátil" —"vers" en jerga queer— va de mecánica, de quién se pone en qué extremo. La gente lo mezcla todo el rato; tú no tienes por qué. Y algo más: los rincones más jerárquicos y antiguos de la escena no reconocían el switching como identidad. Si la autoridad era algo que te ganabas y en lo que te convertías, no podías devolverla el martes. La lectura moderna —los roles como preferencias que tienes, no como rangos que escalas— es la que le hizo sitio al switch.