Persona que siente atracción emocional, romántica o sexual hacia personas de su mismo género; palabra por defecto para hombres, aunque no exclusiva de ellos.
La palabra dio un giro de ciento ochenta grados. "Gay" significó primero alegre, luminoso, vistoso; luego, en algún punto entre los siglos XVII y XIX, se le pegó un tufillo a promiscuidad —una "gay house" era un burdel—. Los hombres homosexuales cogieron esa palabra maltrecha y la hicieron suya, usándola entre ellos durante décadas antes de que el mundo de fuera se diera cuenta. Cuando la sociedad hetero pilló el nuevo significado, en los años 50 y 60, ya era una insignia, no un insulto prestado.
Toda la gracia de "gay" frente a "homosexual" está en de dónde viene cada una. Una la eligió la gente para sí misma; la otra la repartieron los médicos. "Homosexual" salió de la literatura clínica del siglo XIX, que archivaba el deseo hacia el mismo sexo bajo la casilla de diagnóstico. "Gay" salió de la comunidad: bares, habla en clave, el arte discreto de reconocer a los tuyos. Por eso cuajó, y por eso "homosexual" suena frío y de bata blanca cuando lo suelta alguien de fuera.
Un apunte sobre el alcance, que aquí mucha gente tropieza. "Gay" tira hacia lo masculino por defecto —ellas dicen más "lesbiana"—, pero ni una cosa ni la otra son norma que puedas imponer. Hay mujeres que se llaman gays; hay hombres que no. Y la palabra funciona igual de paraguas ("el colectivo gay") que de etiqueta precisa. Es elástica. Deja que cada quien te diga cómo la usa para sí.