Cómo enseñas tu género hacia fuera —ropa, pelo, voz, forma de moverte—, algo que va por libre de quién eres por dentro.
Piénsalo como dos ruedas, no una. La identidad es la lectura privada: tu propia sensación de tu género. La expresión es la antena: todo lo que la sala puede ver y oír. Normalmente las dos ruedas apuntan al mismo sitio, y por eso la gente cree que son el mismo mando. No lo son. Un tío con eyeliner y tacones sigue siendo un tío. Una tía rapada y en mono de trabajo sigue siendo una tía. La expresión nunca es un veredicto sobre la identidad: es lo que alguien se puso hoy.
Todo el mundo tiene una, incluida la persona más hetero y más cis que conozcas. Una barba es expresión. Un arnés es expresión. También lo son una alianza, un traje de poder, una sombra de barba afeitada al milímetro. La sociedad lo archiva todo como masculino, femenino o andrógino, pero ese archivado pasa en la cabeza de quien mira, no en la persona que está ahí plantada. En una pista a las cuatro de la mañana esto deja de ser teoría: la expresión es un idioma, la pista lo habla con soltura, y medio juego consiste en ver a la gente escribir con él.
La trampa es tratar la expresión como prueba. Viste femme, así que será gay; es butch, así que será lesbiana; es andrógine, así que será no binarie. Todo mal, o como mucho casualidad. La expresión no te dice la identidad de alguien, ni su orientación, ni con quién quiere irse a casa: te dice qué eligió ponerse esta noche y cómo quería sentirse con ello. Lee a la persona, no el modelito.