Montarte una identidad falsa online —fotos que no son tuyas, una vida inventada, un nombre prestado— para pescar a alguien en una relación que nunca existió de verdad.
El catfishing es una estafa lenta disfrazada de romance. La mecánica es casi siempre la misma: fotos robadas del perfil de otra persona, una biografía montada de cero y un chat que sube de temperatura a toda prisa mientras la cámara sigue, misteriosamente, apagada. Siempre hay un motivo para que la videollamada no pueda ser ahora mismo: el móvil roto, mala cobertura, un turno de curro, un barco en alta mar. Los motivos cambian. El patrón no.
Lo que la gente no acaba de pillar es que no todo catfish es un estafador a sangre fría con un plan. Los hay. El fraude romántico es una industria de verdad, y hay corazones que acaban en cuentas bancarias vacías. Pero muchos catfish huyen de otra cosa: soledad, un cuerpo que no soportan, un género o una vida que aún no saben cómo vivir en alto. Entender el motivo no hace que duela menos cuando lo recibes tú. Sea cual sea la razón, la persona del otro lado se enamoró de un personaje, y el duelo cuando cae la máscara es el mismo.
Y aquí va la defensa honesta y poco glamurosa: una conexión real sobrevive a que se encienda una cámara. Pide videollamada pronto y fíjate en cómo se van amontonando las excusas. Mete esa foto demasiado perfecta en una búsqueda inversa de imágenes. Nada de esto es paranoia: es el mismo instinto en el que confiarías en un cuarto oscuro con alguien que no conoces. La curiosidad es gratis, verificar es barato, y a quien es de verdad no le va a ofender que mirases.